Ya no quiero jugar al bowling hecho de botellas rellenas de arena. No quiero pintar mandalas. No quiero ver el Sol desde una ventana con rejas. No quiero tener horarios para comer. Para dormir. Para vivir.
Quiero dejar de ser un bulto que patean de un lado al otro. Quiero dejar de contar mil veces mi historia. De ver las caras de sorpresa. De responder siempre lo mismo. De ser mirada con lástima.
Y mientras pienso todo esto, es Domingo. Se supone que hoy hay visitas. Pero...a quien debería esperar?
Mi único tiro. Mi única bala, tiene su nombre. Irónicamente, es el día de la madre. No quiero llamarla. Pero tengo que hacerlo. Necesito de su ayuda. La de Liseth. Mi madre...Mi madre es una idiota.
Atiende, me escucha y...se larga a llorar. Y yo también lloro. Lloro como nunca antes había llorado. Lloro con angustia. Con desesperación, dolor y locura. Lloro y no puedo callarme, porque si me callo pierdo el último rastro de mi, que indica que sigo viva.
Me concentro y me calmo. Y la calmo. Le pido que le avise a mi familia que puede venir a verme.
Lis me pregunta si ella también puede venir y contesto que si.
Creo que fue inercia. Impulso mezclado con un inexplicable amor. Ansiaba ver a Liseth y llenarla de besos. Pero también la quería lejos. Lejos de mi vida para siempre.
Cuando el reloj del televisor marco las 17:00, se abrió la puerta y entró.
Ella no me vio entre la gente. Yo si pude verla. Vi su cara de angustia. De tristeza. Note su fragilidad, porque era parecida a la mia.
Fui a su encuentro y la salude. Su abrazo fue reparador. Fue un abrazo que queria abarcarlo todo. Llenar mis espacios vacíos. Acunar mis miedos. Limpiar mis heridas. Secar mis lágrimas...
Liseth, con esos ojos oscuros, penetrantes y tan fuertes con los que solía mirarme, estaba deshecha. Quería estallar en llanto y supe que no lo hacia para no llenarme de preocupaciones. Para no condimentar mas mi situación de mierda.
Hablamos. En segundos le conte lo que había pasado y trate de mostrame fuerte. De que estaba bien. De que iba asimilando mis cartas con naturalidad. Que todavía podia reir. Que no había perdido mi ingenio ni las ganas de vivir. De luchar. De construir. Con ella de ser posible.
Y así estuvimos. Tomadas de las manos en una mesa del comedor mientras el resto de las mujeres barajaban sus penurias a sus familiares. Pidiendo piedad para que las saquen de ahí.
Yo no queria piedad. Yo no queria lástima. Yo quería paz.
Y porque no...un poco de amor.
Liseth. En ese lugar, tendiendome una mano, robandome una sonrisa, repitiendome que me quería, era la forma en la que se manifestaba el amor.
martes, 6 de octubre de 2015
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