No podía parar de llorar.
Lo que me había hecho me dolió tanto que no podia dejar de gritar que me dolía. No sabia donde, pero dolía y quería arrancarme la desesperación.
La computadora seguía encendida a los pies de la cama con esa conversación que yo, entre lágrimas leía y releia.
Las palabras me caían como una catarata de flechas, que clavandose en mi, me hacían rendirme.
Pero no lo hice. En mi ultimo atisbo de realidad, marque el teléfono de mi hermana y le dije que no me dejaba de doler. Que viniera.
Y así lo hizo. Solo que el resto no lo puedo recordar.
Mi psiquiatra ese día estaba camino a un congreso. Por lo tanto, y habiendolo hablado con anticipación, esa semana, estaba por mi cuenta.
La vida es como la ley de Murphy. La galleta siempre va a caer del lado del dulce. Y las desgracias, en ese momento que no esperas.
Entre en un estado catatónico, aislandome del mundo. Se que viajamos lejos para hacerme atender, pero yo solo recuerdo que lloré hasta que me ardieron los ojos y perdí parte de la visión.
Al llegar a la clínica, espere hasta ser atendida y cuando llegó mi turno, decidí a encerrarme en mi misma y no decir ni una sola palabra. Nada. Ni un respiro.
No quería compartir mi dolor con nadie. Era mío. Mio y de ella que me lo había provocado.
Mi indiferencia, por primera vez, había sido crucial. Comenzaba un viaje, que recordaría hasta en las noches mas cálidas.
Llege a otra clínica. Un poco mas horrible que la anterior. Mi familia se encargo de lo burocratico hasta que fui citada ante un doctor, y tuve que firmar mi sentencia.
La firme a punta de pistola. Yo sabía lo que significaba. Me dolía, si. Pero jamás fui tan suicida. Para ellos, si lo había sido. Asi que firme, y me capturaron.
Me abandonaron ahí, como quien deja a un cachorro en el bosque, con frío y asustado.
Antes de que me sacaran mis pertencias, le mande un mensaje. Porque si bien me había lastimado, yo, no la dejaba de querer.
lunes, 29 de junio de 2015
A cada acción una reacción
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