Fue como si me despertará de una borrachera. Si, yo estaba acostumbrada a eso. Antes que agua, prefería las bebidas blancas.
Al abrir los ojos me costó descifrar donde estaba. Fue perfecto. Hasta que recobre la memoria y el recuerdo me aguijono el estómago.
Mi familia había llegado a alcanzarme un piyama. De todas mis cosas, lo único que me habían traido era...Un piyama.
Genial. Que carajos haría yo, con un piyama!? Quería lavarme los dientes, bañarme, cambiarme la ropa...Suponían que iba a ponerme el piyama y acoplarme el grupo de gente desconocida que andaba libre como si fueran familia? No. Yo no era como ellos. Yo, era yo. Y necesitaba mi ropa, mis maquillajes y porque no, mi teléfono celular.
Respiré. Calme mi histeria. Sabía como era el juego. Cuanto mas desesperada me mostrara, peor iba a ser. No sabía que podían hacerme. O si lo sabía y por eso, había decidido jugar con inteligencia.
Apele a mi simpatía. Fui al baño, me higenize lo mas que pude y con ánimos optimistas me acerque a la enfermería. Dios bendiga a la enfermera que me dio la bienvenida, por así decirlo. Era un ser humano. Que no estaba corrompido por el poder.
Ella, se llamaba Claudia. Era una gordita simpatica de rulos, que me miro con cariño...o pena. En ese lugar, era prácticamente lo mismo.
Le pregunté que hacia la gente ahí para divertirse. Me explicó los horarios de las comidas. Las actividades que había por día. Los horarios de llamadas y los días de visita. Era Viernes. Las mujeres recibían visitas los días Domingos. Mi optimismo se desmoronó, como hoja en otoño.
Claudia notó mi tristeza. Y me pregunto si necesitaba algo. Le dije que si iba a quedarme ahí, minimo necesitaba sentirme una persona. Porque al fin y al cabo, lo era.
Me dio lapiz y papel, me dijo que escribiera todo lo que necesitara, y que le de un número de teléfono de algún familiar así ella se contactaba. Nuevamente, sentí el aguijón en mi estómago. Sin mi teléfono celular, mi memoria numérica era nula. Solo recordaba un número. Pero no sabía si llamarla. Me mordi el labio. Y enojada, anoté el número de Liseth.
Suponia que ella ya sabía todo. Al despedirme de mi hermana le pedi que le avisara de mi situación. No sé porque. Ahora que lo pienso, tendría que haber desaparecido de su vida ese día y no volver nunca mas. Pero no pude. Yo la amaba con cada latido de mi corazón. No podía dejar a la persona que, a su manera, también me amo.
Moría por arrebatarle el teléfono a Claudia y ser yo la que hablara con Liseth. Pero no pude. Sabía que iba a ser peor. Quería, pero no podía escucharla. Estaba confundida. Y preferí irme a desayunar.
Se ve que ella le paso mi mensaje a mi familia, porque a la hora tenía todas mis pertenencias en mi dormitorio. Eso era lo que amaba de Liseth. Sabía todo de mi, hasta donde y cual era mi labial favorito y en donde lo guardaba.
El desayuno fue conflictivo. Conocí al resto de residentes. Personas varias. Ancianos, adultos, dos o tres jóvenes. Reunidos por la locura.
Me senté en una mesa llena de mujeres. Y desde la otra punta, una mujer mayor me preguntó si yo era nueva. Era obvio que lo era. No había necesidad de exponerme así. Pero luego pensé, que yo era un juguete nuevo para gente encerrada en su monotonía, así que me calme y respondí afirmativamente.
Esa mujer, Susana. Me trato mal. Me dijo que en la mesa donde yo estaba sentada, se sentaba otra persona. Que me fuera. No hice caso omiso. Yo quería desayunar. Y si yo quería desayunar, iba a hacerlo.
Al rato nos llaman por nuestros apellidos para tomar la medicación.
Tomar la medicación...Se había complicado un nivel mas mi situación. Pero recordé mi plan. Voy a hacer, lo que ellos esperan.
Luego de tomarme el polvito de pastillas desconocidas, la enfermera me da una bolsita con cosas que me había traído mi papá. Una gaseosa cola y varias barritas de cereal. Las barritas de cereal me parecían las golosinas mas insulsas del planeta. Pero...no dejaban pasar otra cosa que no fuera dietetico. Genial. Encerrada y privada de grasas trans.
Pedi que la gaseosa me la guardarán en una heladerita así se mantenía fría y mientras lo hacía, apareció el hombre de calzones que había visto la noche anterior. Al ver mi gaseosa, se le descuencaron los ojos. Y sin ningún tipo de tapujos me pidió si le convidaba un vaso.
Asombrada, le pregunté a la enfermera si el podía tomar gaseosa. A lo que respondió que si, pero que si empezaba a convidar, iba a quedarme sin nada. Accedí a convidarle. La gaseosa era efímera para mi y tal vez a el lo haría feliz. Me fui a acostar a mi cuarto con la sensación de que todavía yo, era un ser humano.
El hombre de calzones, también era un ser humano. Porque me siguió hasta mi cuarto, tocó la puerta y se presentó. Se llamaba Ernesto. Sonreí. Se llamaba como Ernesto Che Guevera. El ídolo de Liseth.
Me dijo si no me molestaría cambiarle la gaseosa por algo que el tenía. Decía tener barritas de cereal. Si yo le daba la gaseosa el me las cambiaria por eso. A lo que le dije: -:Si queres la gaseosa, es tuya. Yo no la necesito. No me interesa.
Fui a la enfermería y se la di.
Ese día, Ernesto se convirtió en una especie de compañero. El único compañero que tendría en ese lugar.
La humanidad, se conservaba aún en los lugares mas oscuros.
jueves, 30 de julio de 2015
El primer día
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